lunes, 15 de octubre de 2012

Y así fuiste mi después, mi "por siempre", mi recién.


Los días pasan. A veces demasiado rápido. A veces parecen volar. Cuando quieres echar la vista atrás, como si fuese por arte de magia, todo ha cambiado. El calor ha desaparecido, has sustituido los pantalones cortos por unos largos, en tu armario abundan los abrigos, el despertador suena cada mañana, el tiempo libre escasea... Sí, todo ha cambiado. Incluso tú.

De vez en cuando es bueno sentarse y hablar con uno mismo. Resulta increíble la enorme cantidad de cosas nuevas que puedes descubrir. Por regla general, cuando nuestra vida da un giro, se nota. Yo lo he notado, tu lo has notado, todos lo hemos notado alguna vez. Y no es algo que pueda hacernos sentir triste, es más, normalmente el cambio acostumbra a ser bueno. Eso sí, para unos mas que otros. Es algo que no se busca, simplemente ocurre. No sabes cómo ni por qué pero siempre llega.

Una mañana despiertas como si fuera un día cualquiera, uno más del calendario, pero resulta que no, que ese día por capricho del destino conoces a alguien. Todo empieza con un “Hola, soy tal persona” y los días, las semanas, los meses pasan y en la cabeza de ambos solo se oye: “Espero no tener que decirte nunca adiós”. Aquel conocido de un día cualquiera pasa a ser una de las personas más importantes tu vida. Alguien con quien compartes grandes momentos, alegrías, tristezas. Alguien que te escucha, al que escuchas y con el que te sientes muy cómodo. En ocasiones ni si quiera es necesario que sea una persona nueva por completo, a veces pasa que siempre ha estado ahí pero quizá no era el momento adecuado para estrechar lazos, y de repente, el reloj sigue su curso y se va convirtiendo en un pilar imprescindible.

Como todo, tiene sus pros y sus contras. Siempre que algo entra, algo sale. Puede que en ocasiones, aquello que sale lo haga por propia voluntad. Otras veces, va quedando en un segundo margen. Cuando esto pasa, no puedes echar la vista atrás o te asustarás al comprobar lo que ha ocurrido. Aquellas personas o aquello que alguna vez quisiste con mucha fuerza, se ha esfumado. En ese instante solo te queda pensar en que lo que ha ocurrido ha ocurrido porque así tenía que ser y sobre todo, no puedes plantearte millones de preguntas de las que nunca vas a hallar una respuesta acertada. Hay momentos en la vida en los que te paras a pensar si todo aquello que has perdido, compensa con lo que has ganado. Y la respuesta es que sí. Sí.

Perder nunca significa algo bueno, pero significa aprender. Lo que alguna vez fue, fue y ya está. Si hay algo que nunca jamás te podrán quitar son tus recuerdos. Si con dichos recuerdos sonríes, no pidas más. Tienes que pararte a pensar en que todo tiene su principio y su final y si el final llega, no intentes volver al pasado, no sirve de nada. Dicen que cuando una puerta se cierra, otra de abre. No te martirices imaginando mil y un teorías sobre lo haya podido pasar, ni tú, ni nadie puede explicarlo. Pese a que te duela, pese a que lo extrañes, pese a que alguna vez haya significado mucho, sigue caminando. El ahora es lo único que cuenta y es posible que te depare algo mejor.

Disfruta de ese cambio, de ese nuevo tú, en el futuro quizá lo recuerdes con anhelo. Si es necesario, vuelve a otros tiempos cuando así lo quieras, pero nunca llores. Dicen que solo los momentos buenos conforman nuestra memoria, por lo que si están ahí, es porque fueron felices. Y si fueron felices, lo tienen que seguir siendo.

Todo pasa y pocas cosas quedan, cada día nos marca, nos va dejando huella. Pero no te asustes, no mires atrás, no eches a correr. Es solamente la vida. Piensa, que tarde o temprano volverán los pantalones cortos, habrá mas espacio en el armario sin tu ropa de abrigo, las alarmas mañaneras se acabaran y tendrás todo el tiempo libre que quieras.

Es posible que algún día todo vuelva a ser como antes, mientras tanto, disfruta y sonríe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario